¿Qué buscaba exactamente?
– Validación
No es queja.
Todos hablan del niño interior. Que si hay que sanarlo, que si hay que darle lo que no tuvo, que si hay que conectar con él. Que si le dedicamos, religiosamente, un post en Instagram cada 30 de abril para que todos vean que ya hicimos las paces con él.
«Mini Magg, ahora que tú y yo estamos a mano, ahora que nos celebramos mutuamente
y nos admiramos, tengo que tratar una tarea pendiente. Iré a comer varios helados contigo. La que tiene 14 años y un poco más, aproximadamente.«
¿Ustedes sí han platicado con su teenage-you? ¿O solo yo me la salté porque resulta que me parece más difícil ella que mi versión de 1 metro, cubierta en glitter y playeras de Sailor Moon?
Vaya, ahorita ni sé por dónde empezar a escribir.
Quizá mencionando las cosas de las que yo solita me convencí de creer (no todas con conciencia, claro).
Como cuando decía que no me gustaba la playa —y de verdad lo creía—, pero lo que en realidad no me gustaba era estar en traje de baño porque creía que no era particularmente delgada.
O qué tal mi interminable búsqueda de aprobación externa. «Sé dura», «sé como un hombre», «sé cool«, «no te quejes mucho, que a los hombres no le gusta eso», «si alguien más grande se fija en ti, debe ser porque eres increíble». And I mean, sí lo soy. Solo que no sabía que no necesitaba aprobación masculina. Ni de nadie, en realidad.
Por alguna razón, cursé la prepa en una escuela de brats y Kens (católicos, eso sí) empoderados por el dinero de sus papás. En esta etapa los estereotipos me pegaron más que nunca y ni siquiera me daba cuenta.
No era blanca ni popular ni delgada. Tampoco llegaba en BMW.
Nunca fui la persona a la que le llegaban miles de flores el 14 de febrero.
Odiaba los chismes moralinos que si se encontraron a Fulanita con no sé quién en tal motel.
Pláticas vacías de cuál antro era el mejor del momento. Covers absurdos de $500. (Quizá por eso odio los antros: pagar por entrar. Entrar y consumir —y pagar otra vez— y sobretodo, ponerte tus tacones más altos y tus mejores galas porque pues, parecía que hasta al cadenero con mirada disimuladamente lasciva tenías que impresionar).
Quería ser una de ellas, pero al mismo tiempo me daban pena. Quería que ellos me hablaran, pero me parecían despreciables.
Estaba en un mundo que no se parecía para nada al mío (afortunadamente), pero en ese momento, me preguntaba por qué no era parte de él. ¿Qué buscaba, exactamente? Validación.
A veces me he cachado juzgándome por no haber sido lo «suficientemente segura» en esa época de mi vida. Luego con una mirada más compasiva (y adulta), puedo ver que estar en paz con mi cuerpo era un deporte extremo cuando mi contexto — indirectamente— y mis propias creencias, me repetían una y otra vez que no era suficiente.
No todo fue malo. De hecho hice amigos increíbles, excepciones a lo que la norma dictaba en aquellos días. Amigos con los que tiempo después, comprendí la diferencia entre pertenecer y encajar. Hoy sigo eligiendo la primera.
No me he atrevido a pedirme perdón por haberme juzgado tan fuerte y en silencio por normas en las que hoy ni creo. Lo que sí, es que estoy haciendo las paces con ella, un paso a la vez.
Hoy elijo con plena conciencia a las personas que dejo estar cerca.
Acepto lo que negué por años y años.
No me he atrevido a pedirme perdón, pero quizá lo haga después de terminar de escribir esta nota.
– Perdón, Magguie por ser tu mayor y única bully.
❤️
