Tokio Blues
y arena en mi espalda.
Sentía mucho, pero muy fugaz también.
Verano, 2014. Cancún.
Mi soundtrack: AM de los Arctic Monkeys. Mi segundo sonido favorito: el ringtone de Skype, que me conectaba a nuestras videollamadas.
Esta fue la primera vez que estuve lejos de casa por más de un mes. Fue muy fácil irme,
mi hermano vivía allá y yo tenía una tesis por escribir. Me fui sin cuestionamientos ni ataduras — o al menos eso creía.
Empecé a tener rutinas que se sentían muy mías: Tokio Blues y arena en mi espalda. Olas rompiéndose una y otra vez. El viento en mi cabello y el agua de jamaica que aprendí a hacer.
Crossfit a las 5pm.
Llamadas a las 8pm.
Sentía mucho, pero muy fugaz también.
Caminar por Cancún en mis early 20’s fue una gozadera. Encontré árboles con flores rojas
y cafeterías bonitas escondidas entre calles. Fachadas coloridas y llenas de plantas floreciendo. La canción del panadero y la canción de los del gas. Quizá lo estoy romanizando, pero no me importa. Caminar por Cancún también era garantía de estar empapada en sudor con tan solo caminar una cuadra.
Durante 2 meses, me descubrí de una forma super especial. Aprendí a observar mejor y viví mis primeras veces de varias cosas. Nadé con el tiburón ballena. Comí mucha pizza
con spaghetti encima. Me sentaba del lado izquierdo del bus para que no me diera
el sol de las 4 de la tarde. También me tocó ver a un chico perder a su novia en la brutalidad del mar y por semanas, sentí remordimiento por no haber podido ayudar.
Aunque disfruté —casi— cada momento cerca del mar, sabía que pronto debía volver a casa.
Cambié la brisa en mi cabello por la Ciudad de México y su lluvia de verano. Un vuelo de $900 y ya estaba de regreso en su Clio azul, pero para este momento, algo ya había cambiado en su mirada. Quizá me extrañó tanto que me buscó en alguien más.
Hace no mucho regresé a Cancún después de varios años. Caminar por las mismas calles se sintió curioso. Hay cosas que siguen tan igual, que juraba que en cualquier momento me iba a llegar uno de sus emojis bobos.
Han pasado 10 veranos y aún puedo reconocer varias cosas en mí. He releído cosas que escribí en ese momento y la forma en la que sentía back then, me hace sonreír mucho. Me dan ganas de abrazarme fuerte, acariciar mi cabello y decirme que lo mío lo mío, es sentir intenso y que nunca vamos a pedir disculpas por eso.
Sin querer, en 2014 llené a Cancún de anhelos que a veces recuerdo con nostalgia, pero hoy sé que Cancún es mío, no nuestro.
Cancún es mío y de mis amigos.
Cancún es mío y de mis tardes en patines.
No tuve que regresar muchas veces más para olvidarlo y enterrarlo en Playa Delfines.
No hay nada que resignificar.
Cancún es mío y de mis pies tocando el mar.
