A veces sospecho que mi fe
no-cristiana es la decepción más grande de mi papá.
Hace muchos años iba a la iglesia cada domingo sin falta. Maquillaje discreto. Faldas largas. Sonrisas mustias. Saludos a extraños. Cortesías forzadas. En una mano mi Biblia de colores. En la otra, el brazo de mi papá.
Por alguna razón todo me hacía sentido. Hasta me iba a bautizar.
Luego desperté.
Empecé a cuestionar cosas que de repente no me hacían sentido. ¿De verdad Dios me aborrece cuando “peco”? ¿En serio soy tan mala cuando salgo a divertirme con mis amigos? ¿Soy indigna al no sentir culpa por explorar MI sexualidad?
— Sí. (Según el pastor y mi papá).
Luego, una de las preguntas clave: “¿lo estoy haciendo para que mi papá me quiera más?”
— Quizá.
Cuando era niña, mi papá nos llevaba a mi hermano y a mí a una iglesia por Satélite. A mí me gustaba ir porque me divertía con otros niños coloreando y jugando. Yo iba a todo, menos a escuchar merolicos. Desde que recuerdo, mi papá ha coqueteado con la idea de ser un hombre de fe, pero fue hasta hace unos años que su espiritualidad se convirtió en fanatismo.
Mi papá era feliz. Cantaba, se reía, salía con mi mamá, bailaba con pasos tropezados, hacía ejercicio, bebía socialmente, bromeaba… hasta que un día dejó de hacerlo.
Un accidente. El roce con la muerte. El hospital. Las cirugías. El dolor. Las preguntas.
El trauma… Desde mi perspectiva, así fue como comenzó todo.
La religión lo inundó de una tristeza profunda: de culpa y arrepentimiento. De una moderación rigurosa. Un aislamiento ensordecedor. Mientras más leía la Biblia, más se alejaba. Mientras más sabía, más juzgaba. A mi papá le encanta memorizar versículos que nunca pone
en práctica, solo para sorprender a desconocidos con un recital no solicitado. Luego los juzga por practicar otras doctrinas.
Desde afuera, veo a un hombre preso en sus creencias. Como si lo hubieran despojado de sus derechos humanos: su libertad de opinión y expresión. Su derecho a la identidad. Mi papá dejó de tener opiniones propias. Todo lo que cree, son quotes bíblicos. Todo lo que opina, son ideologías de pastores de su iglesia o de YouTube.
“No confíes ni en tu vecino ni en tu sombra. Todos te terminarán decepcionando. El único en el que puedes confiar es en Dios.”
— Algún falso profeta de YouTube al que mi papá escucha religiosamente
todos los días.
La iglesia católica-cristina tiene este superpoder de hacer que muchos de sus seguidores conecten más con la culpa que con el agradecimiento; que conecten más con el arrepentimiento que con la transformación. Lo veo como un tipo de estrategia maquiavélica en la que te necesitan desarmado.
No estoy enojada con Dios. Estoy enojada con las instituciones dirigidas por hombres que han lucrado por siglos con la fe y el dolor ajeno.
Qué poco ético.
Qué poca madre.
Sí, mi papá debió haber sentido un profundo agradecimiento por estar vivo, pero, ¿en qué momento la gratitud se convirtió en esclavitud y culpa? Lo irónico es que cuando se convirtió en un religioso entusiasta, dejé de ver rastros de Dios en él.
«Amarás a Dios por sobre todas las cosas» es el primer mandamiento y es especialmente doloroso cuando el que lo predica al pie de la letra es tu papá.
Desde que se acercó a la iglesia sin cuestionamientos, siento que lo perdí. Me robaron al hombre que me enseñó a manejar, a andar en bici, a jugar futbol, a usar el metro, a amar a los animales. Hoy solo me queda una foto de él, con una risa de la que apenas recuerdo su sonido.
Hoy cuestiona “la manera en la que llevo mi vida” por ser una mujer que toma decisiones propias (y que no va a la iglesia).
Quoting him:
«No eres una mujer temerosa de Dios.» —¿y por qué debería serlo?
A veces sospecho que mi fe no-cristiana es la decepción más grande de mi papá. Y aunque ante sus ojos nunca seré suficientemente buena por no creer como él cree, yo estoy en paz con ser una mujer libre.
Yo nací para ser libre.
— Papá, ojalá me pidieras perdón como se lo pides a Dios todos los días.
